Este post vendría a ser la segunda parte de uno que publiqué hace un par de semanas. En aquella ocasión escuchamos al Inti en Mendoza en noviembre de 1985. Y este nuevo post, siendo el segundo, es también el primero, ya que corresponde al registro parcial del concierto realizado por Inti-Illimani el 30 de marzo de 1985 en Mendoza: el primer recital de aquella serie.
No voy a tratar de reinventar todo lo que ya escribí en el post anterior. Así que aquí va nuevamente, aunque con algunos cambios y nuevas ideas que ayuden a contextualizar mejor este registro:
Si volvemos 41 años atrás, Chile era otro.
Miedo, torturas, exiliados, desaparecidos, degollados, pobreza extrema y toque de queda. Para quienes vivimos nuestra niñez y adolescencia en aquella época, esa era la única realidad que conocíamos, y cualquier aire que propusiera cambios, algo distinto o alguna esperanza, nos tomaba de la mano y lo seguíamos como fuera.
Así fue como la música creada desde el exilio fue entrando a Chile, difundida principalmente por el sello Alerce y por las grabaciones que tímidamente publicó EMI a partir de material de su catálogo previo al Golpe de Estado.
La esperanza de ver en directo a los grupos que permanecían en el exilio era casi nula. Sin embargo, el escenario comenzó a cambiar cuando, a principios de la década de 1980, las condiciones políticas en Argentina se acercaron nuevamente a la democracia. Esto permitió que muchos músicos argentinos exiliados regresaran a su país y que se produjera una verdadera avalancha de conciertos y presentaciones de artistas comprometidos en ese país hermano.
Lo anterior llevó a que los grupos más importantes de la música chilena en el exilio, como Inti-Illimani y Quilapayún, programaran presentaciones en Buenos Aires y en ciudades cercanas a la frontera con Chile, como Mendoza, para que los chilenos que tuvieran los recursos —que no eran la gran mayoría— pudieran cruzar la cordillera y ver a estos músicos. Era encontrarse de golpe con la memoria, la esperanza, las nuevas propuestas y todo aquello que había traído la vida después de más de diez años de ausencia.
Dentro de la información que manejo, existen registros de que Quilapayún se presentó en Argentina en 1983 con un repertorio bastante tradicional. Posteriormente regresó en 1984 con una propuesta mucho más avanzada, similar a la que habían desarrollado en el Olympia de París. Ese cambio tan brusco terminó por afectar durante varios años la continuidad de sus presentaciones en Argentina.
Del Inti no tengo demasiada información sobre el detalle de sus visitas a Argentina durante aquellos años. Sin embargo, sabemos que hubo al menos dos presentaciones en Mendoza: una en marzo de 1985 y otra en noviembre de 1986. La que les comparto en esta ocasión corresponde a la presentación de marzo de 1985, gracias al aporte de Enrico desde Italia.
En este registro se siente la fuerza de ese primer encuentro, el entusiasmo casi desbordante del público, que se expresa a cada instante en que tiene la oportunidad de hacerlo. Y el Inti lo sabe. Sabe por qué la gente ha venido, sabe por qué ellos mismos están ahí y entiende perfectamente el sentido de tocar en ese lugar, quizás sin las mejores condiciones técnicas, pero en el punto más cercano que podían estar de Chile.
Estar en Chile, en esos años para ellos, era una necesidad. Así lo plasman en algunas paginas del libro “Fragmentos de un sueño”, en donde narran un par de ocasiones en que intentaron hacerlo:
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MARCELO: Varios de nosotros pedimos autorización para ir a Chile. José cuando murió su padre, el Loro cuando murió su hermano, etc. Tratamos todo. Ni siquiera nos contestaron. En el caso del Loro, intervino incluso el diplomático chileno Bernstein, sin resultado positivo. Todo esto fue bastante sorprendente, ya que hasta a Jorge Insunza, alto dirigente del PC durante y después del gobierno de Allende, se le había autorizado a entrar a Chile por un período limitado. La cosa es que, en julio de 1984, fuimos a Ecuador en gira y habíamos ganado el premio Alerce en Chile, y pensamos en ir a recibirlo. Hubo una discusión y decidimos tratar de entrar, ir a Chile. Por motivos económicos, se decidió que fueran dos y por ser los más entusiastas e insistentes, se nos encargó a José y a mí ir.
Antes y durante el viaje aéreo fuimos alimentando esperanzas, ya que habíamos pedido permiso sólo por 48 horas. No podíamos quedarnos más por compromisos artísticos. Cuando llegamos a Pudahuel, decidimos bajar al último. De pronto, avisan por los parlantes que sólo es posible bajar por una puerta, sólo los que van a Chile, y, en forma extraordinaria, se pidió que los pasajeros bajaran con el pasaporte en la mano.
Nosotros, por casualidad, nos encontramos a bordo con Roberto Bravo, el pianista chileno. Roberto se había jugado por ayudar, y había enviado un télex al gobierno chileno desde Roma pidiendo que nos dejaran entrar. En la puerta del avión, paso mi pasaporte y me dicen que no puedo bajar. Yo pedí explicaciones, no me las dieron y empezó un tira y afloja con mi pasaporte. Finalmente lo solté. La escala de descenso estaba llena de agentes de la CNI, un verdadero callejón oscuro. Se nos impidió físicamente descender del avión.
Volvimos a nuestros asientos, los agentes se subieron y revisaron todo buscando quién sabe qué. Y se sube una rubia, aparentemente a cargo del grupo. Y ahí José hizo algo totalmente inesperado: le coqueteó a la rucia, con sus ojitos de perla negra. "¿Oiga que se ha demorado esta escala aquí, no?", le dice. Y con eso la desarmó, pues era lo que ella menos se esperaba.
Bueno, salimos expulsados a Buenos Aires, sin pasaporte. Al rato, la azafata nos trajo los pasaportes y sendos whiskys dobles. Llegamos a Buenos Aires y por suerte José tenía el teléfono de Mercedes Sosa, quien estaba de cumpleaños. Ella nos acogió y nos resolvió los problemas prácticos. De allí volvimos a Ecuador y Ecuatoriana de Aviación tuvo la gentileza y la decencia de reembolsarnos el pasaje.
El segundo intento fue colectivo. En marzo del 85, fuimos todos, de nuevo, desde Ecuador. Allí anunciaron que no se podía descender del avión, ya que Santiago no era escala de ese viaje. Se paró entonces un colombiano y reclamó que él tenía que bajar, ya que quería comprar vino chileno para una fiesta que tenía en Buenos Aires. La azafata hizo algunas averiguaciones y volvió diciéndole que sí podía bajar. El pobre colombiano no supo qué le pasó por encima. Siete bólidos (risas).
Nos subimos al bus (en esa época no había una manga directa entre el avión y el aeropuerto sino que se hacía un recorrido en bus), no hubo agentes de la CNI esta vez. En el bus tocaban música folklórica dando la bienvenida a Chile. Llegamos al hall de tránsito (del aeropuerto) y nos dimos cuenta de que andábamos sin dinero. Max de repente se encontró una libra y se puso a la cola para cambiar y poder llamar por teléfono a alguien. Por una ventana se veía hacia afuera. Ahí Jorge dice "mira, estamos a diez metros de la calle". Y comenzó una discusión acerca de si eran diez o doce metros los que nos separaban del exterior del aeropuerto. En eso aparece Susana, mi mujer, que estaba en Chile y se mete a la fuerza. Bueno, la situación se resolvió y pude besar a mi mujer en Santiago. Soy el único Inti que ha podido hacerlo desde el golpe (risas). Empezaron a aparecer parientes que sabían de nuestra posibilidad de bajar del avión y comenzamos a conversar a través de una ventanilla minúscula, el Loro con su hermana, otros con amigos, etc.
Bueno, tiempo de volver al avión, subimos y me encuentro a boca de jarro con la azafata que nos había tocado la vez anterior, cuando no nos dejaron bajar. "¡Usted!", digo yo. "¡Usted!" dice ella. Y allí comenzó la conversación donde ella nos contó lo que había pasado en la primera ocasión. Al avión lo pararon en el cabezal de la pista, lo rodearon de tanquetas con un movimiento de tropas que aterrorizó a la tripulación. Los amedrentaron y ellos creyeron que llevaban a bordo a los peores bandidos del universo. Lo más curioso fue que esta niña trabajaba normalmente en los vuelos Quito-Miami, pero de vez en cuando hace el viaje a Santiago-Buenos Aires. En las últimas dos ocasiones le habíamos tocado nosotros a bordo. Los whiskys dobles corrieron todo el camino (risas).
LUCHO: ¿Va a haber otros intentos de retorno?
JOSÉ: No sólo intentos. Nosotros seguiremos reafirmando nuestro derecho a vivir allá. Chile es tan nuestro como nuestra infancia nuestra adolescencia o nuestros actos. Pretender quitarnos a Chile es como querer quitarnos el color de la piel o el modo de andar; es imposible. Nosotros estamos totalmente seguros de que vamos a volver a Chile, de que nuevamente actuaremos entre el público que nos vio nacer como conjunto y nos alentó en los años en que estábamos inventando a Inti-Illimani. Y como individuos, recorreremos una vez más las calles y rincones de nuestros años de inocencia y de juventud apasionada y abrazaremos a todos aquellos que nunca se han apartado de nuestros pensamientos. En canciones como "Vuelvo", "La mitad lejana" y "Colibrí" hemos expresado algunos sentimientos sobre el tema y tenemos la certeza absoluta de que Chile superará el crimen pavoroso del exilio forzado. Esta convicción nos mantiene activos y optimistas.































